2022-10-04

El dictador arremete contra los enemigos del régimen mientras los verdaderos revolucionarios sandinistas están en la cárcel o han muerto

Simpatizantes de Daniel Ortega durante el 43 aniversario del triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua.
Simpatizantes de Daniel Ortega durante el 43 aniversario del triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua.

“¿Qué diálogo puede haber con el diablo? Los diálogos son para poner la soga al cuello a uno o que uno mismo se ponga la soga”. Daniel Ortega ha utilizado el 43 aniversario del triunfo de la revolución sandinista sobre Anastasio Somoza para airear cuál es el estado de sus diálogos secretos con Washington, que, de momento, parecen no adecuarse a sus intereses. Una dictadura conmemorando el final de otra.

El caudillo revolucionario y su mujer, la copresidenta Rosario Murillo, se han repartido los papeles de principales protagonistas del evento central del sandinismo, tan deslucido que ni siquiera ha atraído, en esta ocasión, a sus principales aliados, el venezolano Nicolás Maduro y el cubano Miguel Díaz-Canel. Sí han acudido dirigentes menores de los dos países caribeños y, también, enviados de sus aliados internacionales, Rusia y China.

Entre viejas canciones que no acababan nunca, arengas rancias, sin pueblo y con un enorme despliegue de sus agentes represivos. “Aquí no hay ningún sentimiento en esa gente (EEUU). Ellos no están preparados para buscar entendimiento, están preparados para imponer, ocupar, bombardear, asesinar como lo han hecho a lo largo de la Historia”, se ha regocijado Ortega durante su discurso, que se ha acercado a los 50 minutos.

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Y, todo ello, cuando los verdaderos comandantes de la gesta del siglo pasado están en la cárcel, como Dora María Téllez, la histórica comandante dos, y Víctor Hugo Tinoco, o han muerto entre rejas, como Hugo Torres, el comandante uno. Los sandinistas disidentes han sido reemplazados por expresidentes huidos de El Salvador, como Mauricio Funes y Salvador Sánchez Cerén, perseguidos por la corrupción y ya nacionalizados nicaragüenses, y por el vicecanciller del nuevo gobierno hondureño de la izquierdista Xiomara Castro, que, de esta forma, manda un guiño de amistad a su vecino.

“Centroamérica está de rodillas ante la dictadura de Nicaragua”, ha repetido el diplomático Arturo McFields, destituido como embajador ante la OEA tras criticar al gobierno de Managua.

Una vez desmantelada la oposición, encarcelados sus líderes y perseguidos sus dirigentes o en el exilio, el aparato represivo se ha centrado en las ongs, más de mil las clausuradas hasta el momento. Y no solo colectivos de derechos humanos o feministas, hasta la Academia de la Lengua y las misioneras de Teresa de Calcuta incomodan a la dinastía de los Ortega.

“La comunidad internacional debe condenar urgentemente el desmantelamiento sistemático de organizaciones de la sociedad civil”, ha alertado este miércoles Human Rights Watch.

Ortega ha insistido en sus descalificaciones a la Iglesia católica, que se ha convertido en uno de los referentes en la lucha contra el régimen. Y no solo por las monjas expulsadas como si fueran terroristas, también por buena parte del clero y de los sacerdotes de a pie, hostigados sin cesar. “Aquí vinieron los españoles y hubo resistencia indígena, cayeron muchos caciques que venían como buenos hipócritas con la cruz y con la espada y que le decían a nuestros antepasados o se someten o les aplicamos la espada. Exterminaron de esa manera a millones de seres humanos”, ha rememorado el caudillo.

En plena exaltación de Ortega, su hijo Juan Carlos, a la cabeza del clan familiar que maneja los tentáculos del Estado, no ha dudado en rubricar una frase para la historia pequeña del poder sandinista: “Sandino se encarna en Daniel”. Lo que para la mayoría es una herejía revolucionaria, para los más cercanos se ha convertido en un credo.

Quien no se cree los supuestos avances relatados por el antiguo guerrillero es el ex embajador McFields, cuya voz se ha levantado este miércoles con fuerza para enumerar los “logros recientes” de la revolución: “el asesinato de 355 mujeres, hombres y niños (durante las protestas desde 2018), la expulsión de 18 monjas, el encarcelamiento de dos sacerdotes, el cierre de mil oenegés y el arresto de los verdaderos revolucionarios”.

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